El cambio de milenio no había sido fácil para Colombia. La violencia en el país aumentaba, tanto en las áreas rurales como en las ciudades, y aunque el gobierno sostenía diálogos de paz con los grupos guerrilleros, había sido imposible negociar un cese al fuego. El presidente Andrés Pastrana, quien había sido elegido en gran parte con base a su propuesto proceso de paz, había entregado a las Fuerzas Revolucionarias Armadas de Colombia (FARC) una zona demilitarizada a las orillas del río Cagúan como supuesta sede para las negociaciones, pero ésta rápidamente se había convertido en una guarida criminal para una fuerza guerrillera que, día a día, se hacía más fuerte. Los diálogos entre gobierno y guerrilla eran infértiles, y la frecuencia de actos violentos, tanto en zonas rurales como urbanas incremementaba. Entonces, comenzando el año 2000, el máximo mandatario se hizo de una nueva prioridad: la ratificación y organización de la Copa América del 2001.

Esto no iba a ser tarea fácil, y Pastrana pronto se dio cuenta. Tanto en la comunidad internacional, como entre aquellos allegados a la CONMEBOL, comenzaron a surgir rumores de que varios países temían por la seguridad de sus respectivos equipos dada una copa en el país cafetero. Y llegado el 2001, las cosas sólo empeoraron cuando, el 11 de enero, una bomba en la ciudad de Medellín destruyó gran parte del centro comercial El Tesoro, dejando dos muertos y más de 50 heridos. Los reportes policiales concluyeron que los más probables autores del atentado no eran guerrilleros, sino grupos narcotraficantes, lo cual era preocupante, no sólo por la historia de narcoterrorismo en la región, sino también porque Medellín estaba supuesta a ser la sede del grupo de la Copa en el que estaban Bolivia, Uruguay, Canadá y Argentina.

Mientras tanto, para la selección las cosas tampoco pintaban bien. Tras una participación pobre en la Copa del Mundo del ‘98, el combinado tricolor mostraba serios problemas en la consolidación de una generación de relevo: el fútbol exhibido en las eliminatorias dejaba mucho que desear, y una derrota por 9-0 ante Brasil en el Preolímpico de Londrina motivó, en enero del 2000, el despido del director técnico Javier Álvarez. Luis Augusto “Chiqui” García fue elegido en ese entonces, como reemplazo, pero sus resultados en eliminatorias tampoco fueron satisfactorios, y en abril del año siguiente, él también fue despedido. A menos de dos meses del certamen en su propio suelo, la Federación Colombiana de Fútbol (FCF) no tenía director técnico y necesitaba ajustar prontamente.

Esto, sin embargo, no sería posible, ya que el mes de mayo trajo consigo problemas más graves. Durante aquel mes, Colombia sufrió una aterradora ola de atentados terroristas que pasaría a los libros como una de las más brutales en la historia del país, y que culminó el día 24 con una serie de explosiones frente a la Universidad Nacional de Bogotá. Tras aquel incidente, llegó finalmente el decreto al que toda Colombia temía: la CONMEBOL pidió que la Copa América se cancelara o se cambiara de sede.

El Presidente Pastrana se rehusaba a aceptar aquella decisión, y a pocos días del anuncio, junto a un comité de mandatarios, se puso en marcha a una cumbre para reclamar el torneo. Fue una encomienda temporalmente exitosa. La CONMEBOL aceptó volver a ratificar a Colombia como sede. No obstante, el 26 de Junio, cuando faltaban menos de dos semanas para que iniciara el torneo, el vicepresidente de la FCF, Hernán Mejía Campusano, fue secuestrado y el temor volvió a convertirse en protagonista. Ese mismo día, la Asociación de Fútbol de Argentina reportó haber recibido una amenaza proveniente de Colombia contra su selección, y la CONMEBOL no tuvo más opción que poner nuevamente el grito en el cielo: La Copa América de Colombia se volvía a cancelar.  El presidente del organismo, Nicolás Leoz propuso posponer el evento hasta el 2002, pero Colombia recibió esto como una derrota.

Entonces, cuando todo parecía perdido, los patrocinadores comenzaron a cobrar. Un número de empresas multinacionales habían invertido millones de dólares en patrocinios y comerciales para la Copa; y el cambio de sede, junto a las consecuentes alteraciones en derechos televisivos y demás, comprometían tal inversión. Por lo mismo, las amenazas de demandas por parte de estas empresas comenzaron a lloverle a la CONMEBOL. La compañía de ‘marketing’ Traffic -la cual, (no tan) curiosamente se vería implicada seriamente en acusaciones de fraude en conspiración con la FIFA en el 2015- estaba a la cabeza de la protesta. La entidad había sostenido enormes pérdidas tras la cancelación del Mundial de Clubes de ese año, y le dejó claro al organismo organizador que no estaba dispuesta a aceptar una cancelación de la Copa sin una batalla legal. Las cifras en juego eran millonarias y CONMEBOL no podía tomar ese tipo de riesgo; por lo tanto, la organización se volvió a reunir, y el 5 de Julio anunció definitivamente que La Copa América se jugaba en Colombia y empezaba en seis días.

La Copa América 2001 en Colombia siguió adelante gracias a los intereses comerciales.

La Copa América 2001 en Colombia siguió adelante gracias a los intereses comerciales.

La alegría en el país fue enorme. Las cadenas televisivas se unieron a la gente y al presidente en celebración. Pero el daño ya estaba hecho, y el 6 de Julio las selecciones de Argentina y Canadá anunciaron que no participarían en el torneo. Ambas federaciones aseguraron que no tenían tiempo de reorganizar a su equipo tras la última cancelación; pero quedaba claro que la preocupación por la violencia, a pesar de las garantías del presidente colombiano, era uno de los principales motivos tras sus respectivas decisiones. A última hora, las selecciones de Honduras y Costa Rica fueron invitadas a participar, y éstas consiguieron armar equipos con considerable prontitud para debutar a tiempo.

La respuesta en Colombia fue sumamente emocional: Los últimos invitados fueron recibidos con gran cariño por su gesto de respeto, mientras que el rechazo de Canadá y Argentina fue tomado con rabia. Particularmente, el enojo con la selección albiceleste se volvió una de las constantes del torneo. “Está bien marcada la tristeza y la ofensa que siente el pueblo colombiano,” concluyó el diario argentino El Clarín cumplida la fase de grupos en un reportaje que relató casi con tristeza los distintos incidentes que se vivieron en Medellín: desde la quema de camisetas de la selección gaucha, a la devolución de casi 25.000 dólares a hinchas insatisfechos. En el último partido del grupo resaltó una pancarta en la tribuna por la agudeza de su mensaje:

Grondona boludo: El único argentino que murió en Medellín se llenó de Gloria: Gardel.

Y es que la Copa, de cierta forma, se llevó a cabo de manera perfecta. El terrorismo paró, los índices de violencia se redujeron, y el espíritu deportivo en el país fue impecable. La Selección Colombia, por su parte, con el regreso de Francisco “Pacho” Maturana a la dirección técnica, tomó un nuevo aire. Aquel fue el primer gran torneo internacional de Iván Ramiro Córdoba y Mario Alberto Yepes, de tal manera que el combinado tricolor llegó a la final del certamen invicto, y sin haber encajado un solo gol. En el arco, Óscar Córdoba fue un coloso, y Víctor Aristizabal, quien vivía sus últimos grandes partidos con la selección se hizo máximo goleador del certamen. Al minuto ’64 de aquel último partido, Iván Ramiro voló sobre la defensa mexicana para colocar un letal cabezazo que bastó para hacerse con el titulo; robándole así el aliento a un país que todavía no lo había perdido.

Sobre El Autor

Jairo Ramos

Colombo-estadounidense. Como aquel café. Periodista, economista y escritor, pero ninguna muy en serio.

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